Tengo claro cuándo fue la primera vez que soñé con Venecia. Era muy pequeña (no sé cuántos años tenía, pero ya sabía leer), y en mi casa había una colección de cuentos miniatura de una clásica revista argentina llamada “Anteojito” (lamentablemente, desapareció hace algunos años!). Podría hacer un post entero hablando sobre la revista Anteojito y sobre lo que significó para una pequeña Rocío que estaba en esa dulce edad en la que se está descubriendo todo, pero no viene al caso. Lo que viene al caso es ese cuento, que ya casi no lo recuerdo pero que trataba, podríamos decir, de un niño que se enteraba de la existencia de Venecia, entonces soñaba con que su pueblo se inundaba y tenían que todos vivir en canales y moverse en bote. Algo así.

Recuerdo que me había encantado la idea, pero claro, yo pensaba que sólo era una fantasía de cuento. En ese entonces no podía creer que realmente existiera una ciudad cuyas calles fueran de agua.

Luego, de más grande, supe que sí existía, que se llamaba Venezia, que estaba en Italia, que algunos la llamaban ciudad del amor, que todo el mundo que iba se quedaba maravillado, y entonces empecé a soñar de verdad con la ciudad. No con la ciudad del cuento, sino con la verdadera Venezia, la de “carne y hueso”, la de canales que fluyen a través de ella como si fueran las arterias que le dan vida.

Finalmente, un día 6 de septiembre del 2014, un tren me dejó en la estación de Venezia. Cuando llegamos, tuvimos que ir a hacer un trámite en la estación, y yo me desesperaba con cada minuto… “¡¡Tenemos que salir!! ¡¡Tenemos que ir a recorrer Venezia que tenemos poco tiempo!!”. Y cuando finalmente salimos, nos quedamos sin aliento.

Atardecer en Venecia

Nos esperaba en Ponte dei Scalzi, uniendo la estación con la tierra al otro lado, y el enorme canal pasando por debajo…  Nos esperaban callecitas diminutas, barco-taxis, gondoleros por todos los rincones. También nos esperaban muchos turistas, y toda una travesía para encontrar hostel, pero no quiero hablar de lo que nosotros hicimos en Venezia, ni de las cosas que se pueden hacer. Hoy no.

Hoy sólo quiero dejar constancia de que Venezia es todo lo que uno imagina, y todavía más. Es sentarse a comer en el borde de un canal con gaviotas merodeando. Es la Plaza San Marcos, gigante, imponente, hermosa. Es ver en vivo y en directo el atardecer más maravilloso que nunca hayas visto, repetido todas las tardes que te quedes. Es caminar por calles en las que sólo entra una persona, y seguir las indicaciones de carteles pegados en la calle porque es la única manera de no perderse. Es estar feliz de perderse también, porque cada rincón por el que se camine es precioso.

Venezia es una ciudad como cualquier otra, sólo que mucho más bella, mucho más tranquila… simplemente, una ciudad para amar siempre.