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Sicilia

septiembre 17, 2014

“Un viaje rompe el tiempo de la vida. Un viaje, cualquier viaje, crea su tiempo propio, distinto al habitual, para recorrer lugares que no tienen para el viajero más realidad que la de ese período acotado y su recuerdo: que volverán a la inexistencia una vez abandonados” – Martín Caparrós, Larga Distancia.

Llegar a Palermo, fue una mezcla extraña de sensaciones. Entramos a Italia con toda la expectativa, y los paisajes sicilianos mientras íbamos en colectivo del aeropuerto a la ciudad no hacían más que confirmar nuestras fantasías: ¡Somos dos argentinos recorriendo Italia!

Debo confesar que los primeros minutos viajando hacia Palermo desde el aeropuerto fueron de los más lindos que he vivido. Ahí estaba yo, abrazando la mochila (porque no quería ni despacharla!), una pibita del barrio centenario, transitando los (repito) fantásticos paisajes de la isla italiana. ¿Quién me lo hubiera dicho? ¿Quién hubiera podido alguna vez asegurarme que iba a estar ahí para contarlo en un blog? El rato que duró el viaje en bondi fue de los mejores del viaje (hasta ahora). Fue la confirmación de que, después de todo, nada es tan lejos como parece. De que, quizá, la diferencia entre imposible y posible es intentarlo una vez más.
Así estábamos, pura esperanza y felicidad mientras viajábamos.

Otra historia fue llegar a Palermo. Nos habían dicho que el sur de Italia “es complicado“, pero nosotros, con esa típica soberbia confianza argentina pensamos “justo a nosotros nos van a hablar de complicaciones? A nosotros no nos asusta nada”. Y por supuesto, no estábamos tan en lo cierto.

Por empezar, el colectivo nos dejó en la estación de trenes, pero en un sector apartado, con lo cual no teníamos idea de para qué lado teníamos que ir primero. Sumado a eso, el calor era agobiante, y las únicas personas allí eran las que habían venido con nosotros, las cuales pronto desaparecieron. Finalmente, la barrera idiomática no se hizo esperar: nos encontramos haciendo señas como tontos, preguntando por una oficina de turismo que todo el mundo nos señaló, pero que no estaba en ninguno de los sitios señalados (aún hoy no sabemos dónde estaba).

El tránsito: un caso aparte. Cruzar la calle en el sur de Italia es siempre un deporte de riesgo. Desde ese día, cuando no sabemos cómo cruzar una calle, decimos “y bueno, a lo tano” (queriendo decir “con huevos y como nos parezca” jaja).

La peor parte de la situación fue que no teníamos hostel reservado, ni tampoco internet, con lo cual salimos a buscar por ahí. Primero, en un Bed & Beakfast, una mujer se enojó mucho con nosotros porque no quisimos pagar 25 euros la noche, porque nos parecía mucho. Después nos metimos en un barrio extraño, muy parecido a algún barrio medio periférico de capital, con toda la cara de turistas, y los pibes en moto nos pasaban finito por al lado. En el medio, en un restaurante nos vieron la cara de boludos, y nos cobraron 8 euros un agua (en efectivo), por supuesto sin darnos un mísero ticket (qué ticket nos iba a dar si nos estaba estafando!?). La vedad, el primer día del viaje pareció ser una patada a todas nuestras ilusiones, un baldazo de agua fria a todos nuestros grandes proyectos.

Así es la vida del turista ingenuo en Palermo, Por suerte, encontramos un hostel que estaba buenísimo (quizá uno de los mejores en lo que estuvimos en toda nuestra estadía), por solo 17 euros. Por suerte, en Palermo comimos el mejor calzone del mundo por 3,50. Por suerte (aunque al principio estábamos desesperados porque no sabíamos cómo se usaba el pase de tren, y en la estación nos decían que todos los pasajes que queríamos estaban agostados), al otro día pudimos escaparnos al continente. Por suerte, cuando 15 días después volvimos a Palermo a tomarnos el avión de vuelta, no nos pareció tan feo: más bien nos dimos cuenta que los que éramos más feos y más tontos 15 días antes éramos nosotros.

Calzone y cerveza en Palermo, Italia
El mejor calzone del mundo, acompañado de cerveza en la noche de Palermo.

Por suerte, cuando al día siguiente de nuestra primer experiencia en Sicilia, nos tomamos el tren, todo fue mágico de nuevo: hicimos amigos italianos en el tren, causa y efecto de cebarse un mate frente a gente que no lo conoce; supimos que a pocos kilómetros de Palermo había un pueblito llamado Cefalú con unas playas muy lindas (lo que agendamos para la vuelta); volvimos a ver con tranquilidad los hermosos paisajes, y nos reímos de nosotros mismos. En fin. Seguimos viaje y, como dice Caparrós, los malos recuerdos se fueron disolviendo conforme el tren se alejaba.

En mi cuaderno de experiencias anoté “siento que Palermo fue como una pelea con tu pareja: te molesta, hasta te puede hacer llorar, pero basta mirarla a los ojos para enamorarte de nuevo“. Italia es así, pasional, y los argentinos, que tenemos sangre italiana (y mucha) en las venas, lo entendemos perfectamente: es un país donde no existe rincón que te deje indiferente.