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Las lindas contra las simpáticas

octubre 23, 2014

En Argentina es muy común que, cuando a un chico le preguntan con respecto a una chica “¿Cómo es?”, en caso de que el chico considere que no es linda, conteste “y.. es simpática“. Es la manera suave de decir “me parece muy fea, pero me cayó bien“.

En Argentina, esa frase es tan popular que, para una chica, que le digan “simpática” es casi una ofensa. Una manera suave de decirle “fea” (y, claro está, hay pocas cosas que le caen tan mal a una mujer como que le digan fea).

A mí, en lo personal, siempre me pareció una distinción bastante tonta (siempre en contra de todo, Rocío). ¿No existen chicas lindas y simpáticas? ¿No existen chicas feas y tontas? y, en el peor de los casos… ¿No termina casi siempre ganando nuestro corazón la simpatía en lugar de la belleza? Eso de tener el atractivo físico como parámetro, eso de que las cosas se midan con un “bellezómetro”, la verdad, me saca un poco de quicio (y que conste que a mí también me gusta verme linda cuando me miro en el espejo, pero prefiero que un hombre me quiera por cómo escribo que por cómo me veo).

¿A qué viene esta reflexión? Bueno, viene a cuento de que he encontrado cierto paralelismo entre ésto y lo que sucede con las ciudades. Hay ciudades hermosas, y las hay no tanto. Hay ciudades, que, si fueran mujeres, serían simplemente “simpáticas”. Y sucede que, justamente, por simpáticas, son de las que más me gustan.

Creo que el primer ejemplo sería Nápoles. Todas aquellas personas a las que les dijimos que habíamos estado en Nápoles (sobre todo italianos y españoles), contrajeron un poco la cara, como si de pronto sintieran un olor muy feo, y nos dijeron “no es muy linda, no?”. ¿La verdad? Para nosotros resultó hermosa.

Cierto que en algunas calles hay mal olor. Cierto que vimos cómo una cucaracha se metía en la cartera de una chica. Cierto que los autos no te dejan pasar como en Valencia. Cierto que no hay monumentos tan grandes, tan imponentes, tan hermosos como los hay en Barcelona, o en Roma, o en Florencia. Pero… ¿Qué podemos decir? La verdad es que la ciudad tiene ese quéséyo que la hace única. Tiene su Plaza del Plebiscito con niños jugando al fútbol, con amigos tomando helado, con su monumental iglesia donde los novios posan para la foto. Tiene el mar, y esa hermosa costanera, que a la noche se ilumina allá a lo lejos, y la luna que se refleja, y el olor a pizza saliendo de todos los bares. Y tiene, sobre todo, su gente: el viejo del hostel que nos dice “a los únicos a los que les dejo pagar con tarjeta es a los argentinos, porque ya sé cómo están las cosas con el efectivo“; los chicos en la plaza del Castel Nuovo que nos devolvieron el bolsito que nos habíamos olvidado en el césped; los hinchas que nos descubren argentinos y nos dicen “¡Maradona!“; el señor del café de la estación, que no dice una palabra, pero se sonríe cuando nos escucha el acento, me ve la camiseta, y le pedimos sacarle fotos a sus cuadros de “San Diego”.

Podría seguir, pero la idea se entiende. Lo más lindo de Napoli es que es simpática, es que te hace sentir como en casa, es que te demuestra que garpa más una sonrisa que un monumento.

Napoli da Castel Sant Elmo

Panorámica de Nápoles, hermosa ciudad!

El pasado fin de semana, nos pasó con Zaragoza. Cuando íbamos en el auto (usamos blablacar para ir), nuestros compañeros de viaje nos torturaron las tres horas y pico que duraba el viaje diciéndonos lo fea que era Zaragoza: que no hay nada para hacer, que el paisaje es feo, que la ciudad es fea, que mejor vayan a Teruel que es más lindo, que Huesca está mejor, que no hay peor ciudad de España que Zaragoza.

Nosotros, que no conocíamos la ciudad, nos sentimos un poco mal. ¿Tan fea será? ¿Habremos elegido tan mal? ¿Tendremos que volvernos antes porque nos damos cuenta que la odiamos?

Vista así no parece muy fea, no?

Vista así no parece muy fea, no?

Bueno, enseguida cuando llegamos vimos que no. Y los tres días que pasamos se encargaron de terminar de romper en nosotros esa idea de que es una ciudad fea. Para ser honestos, sí que es chica, y es cierto que no tiene mucho “para ver”. Que si nos limitamos al encanto visual, quizá lo único realmente llamativo es su plaza y la Iglesia del Pilar, y ni hablar de la ofrenda de flores a la que por suerte llegamos a ver. Pero tiene también un hermoso parque alrededor del río Ebro, donde se puede pasear, tomar mates, sacar algunas fotos espectaculares, cuando en las grandes capitales con río, éste suele estar sólo para mirar… ¿No es mejor acaso sentir un río que verlo?. Tiene una peatonal bellísima, llena de flores y con el Pilar de fondo, donde, aunque hay algunos contingentes de turistas, se puede caminar tranquilo, en lugar de esta chocando con todo el mundo como en los puentes de Venezia, o en la Rambla de Barcelona.  Tiene gente que te deja un lugar para dormir, que te convida de todo lo que hay en su casa, que te invita una ronda de cerveza (¿Y por qué no otra más?). Tiene montones de museos gratuitos, porque en Zaragoza “todo lo que es arte y cultura, si es público es gratuito.. ¿No vale más, acaso, esa buena intención, que las entradas de 20 euros, aunque valgan la pena? ¿No debería ser siempre libre la entrada a la cultura?

Zaragoza es una ciudad que se recorre en pocos días, casi diría que un día, pero que se vive, y para vivirla no hay límite de tiempo. Igual que Napoli. Igual que tantas ciudades que gozan de mala fama simplemente porque son europeas, y Europa es el continente de lo grande, de lo espectacular, de lo antiguo, de lo que hay que ver porque es cultura… Y a veces, nos olvidamos que Europa, igual que cualquier continente, igual que todo el mundo, está hecha de personas, no de monumentos.

Siempre que me dijeron que una chica “es simpática”, pensé que seguramente valía más la pena que la modelo de la tapa de la revista. Desde ahora, siempre que me digan que una ciudad es fea, voy a hacer el intento de verla con mis propios ojos, porque es probable que me interese mucho, mucho más.