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Rodando Caminos

Todo comenzó con una estrella fugaz

marzo 11, 2016

Mañana viajamos a Tandil a ver al Indio, y me dieron muchas ganas de contar una historia. Una que nunca le conté a nadie con la honestidad con la que la contaré ahora, pero a la que vuelvo una y otra vez cuando pierdo mi rumbo. Una historia que es anecdótica en cualquier vida, pero que en la mía, fue un antes y un después. Una historia que protagonizamos el Indio, yo, y una estrella fugaz. 

Transcurría el año 2011. Además de la muerte de Steve Jobs, y los 10 años de Wikipedia, creo que fue un año que pasó sin pena ni gloria, aunque para mí no fue indiferente. Ese año conseguí mi primer trabajo “fijo” mientras continuaba mis estudios. Me relacioné con muchos hombres. Tuve más de una “relación” frustrada. Pasé la peor semana de mi vida, porque no me venía. Salí mucho y duro con una gran amiga. Leí mucha y buena literatura. Conocí mucha gente. Hice amigos que perdí pronto. Y todo eso, sumado a mi natural crecimiento biológico, me llevó a hacerme preguntas. Muchas preguntas. 

¿Qué quiero de mi vida? ¿Voy a recibirme, trabajar, ser madre, plantar un árbol, escribir (con suerte) un libro, y morir? ¿De eso se trata todo?

Leí “Hacia rutas salvajes” y empecé a creer que no podía ser sólo eso. Leí “La náusea”, y entendí por qué, a veces, miraba alrededor y me sentía fuera de mí. Comencé, aunque en ese momento no lo pude ver con tanta claridad, un proceso de cambio. Posiblemente, de crecimiento. Una metamorfosis. 

Empecé a soñar con volar.

mujer-volarFantaseé con comprarme una casa rodante que me llevara desde Mar del Plata hasta el “autobús mágico“, en Alaska. Imaginé una vida en la que recorría el mundo sola, conociendo gente en cada lugar, adoptando niños indefensos a los que les daría una oportunidad en la vida, conociendo hombres a los que iba a ser yo la que le rompiera el corazón yéndome y dejándolos solos. Me imaginé como documentalista en la selva amazónica, como escritora de investigación. Empecé a sentir cosquillas en los pies, básicamente. Me di cuenta que lo que yo quería hacer de mi vida, no se circunscribía a un escritorio y cuatro paredes.

Mientras tanto, seguía trabajando sacando fotocopias, ayudaba a los chicos del colegio con las tareas de lengua, me relacionaba, seguía leyendo, seguía estudiando, seguía soñando. Pero por dentro, seguía cambiando. 

Conocí en el camino un grupo de gente muy bello,  con el que me empecé a llevar muy bien. Escuchaban buena música, con la que hasta entonces, me había relacionado poco. A algunos les gustaba el cine, como a mí me empezaba a gustar. Así comencé también, a descubrir nuevas pasiones. También conocí a un muchacho que me interesaba, y al que yo le interesaba, pero con el que no quería saber nada, porque “estaba bien sola”. En realidad, no quería volver a perder un grupo de amigos por culpa de un corazón roto. 

Así iba pasando mi año cuando el Indio anunció que en diciembre, tocaría en Tandil. Nunca lo había ido a ver. Es más, debo confesar que hasta ese momento, lo escuchaba poco. No era una ricotera vieja, como mi prima, que los seguía desde siempre. Pero quise ir. Nunca había viajado a un recital (les dije que recién entonces comenzaba a descubrir pasiones por las que antes no me había preocupado). Hasta ese momento, no me había parecido interesante gastar plata para vivir un show musical. Pero estaba cambiando, y quería vivir nuevas experiencias. Me bajé la discografía completa del Indio y de los redondos, y le escribí a mi prima. “Vas a ver al Indio? quiero ir“. Ella encantada me dijo que sí, que me podía ir con ella y sus amigas.

Mis padres pusieron cierto reparo, pero que fuera en grupo los tranquilizó. Mis amigos de toda la vida me dijeron “¿Para qué vas, si nunca supe que te gustara el Indio?”. Pero yo estaba feliz.

Puede parecer tonto, pero para una chica de 20 años que nunca se atrevió a hacer nada fuera de su rutina, porque siempre pero siempre encontraba una excusa para no hacerlo, era una gran aventura. Era un gran momento el de tomar una decisión impulsiva, sin anteponerle a las ganas de hacer algo ninguna “responsabilidad”. Era un importante episodio hacer algo que no está 100% avalado ni por tus padres ni por tus amigos. Aunque sólo fuera ir a ver al Indio a Tandil. 

Así que cuando llegó el famoso 3 de diciembre, yo estaba muerta de emoción, y con un poco de miedo. El viaje en combi merecería un capítulo aparte, así que no lo voy a contar, ya se lo imaginarán. Para mí, fue el comienzo de la aventura. Era por lejos, la pichona del grupo. Tomé mucho Fernet, pero no me animé a fumar porro. Que fuera tan natural, en ese momento, me sorprendió. Ya van comprendiendo, ¿no? Era una nenita de mamá saliendo al mundo.

previa indio 2011

En la previa…

Toda la previa me pareció increíble. Me encontré con el muchacho que me interesaba, y al que le interesaba. “Me encontré” es un decir, porque lo cierto es que encontrarse de casualidad en la previa de un recital del Indio es casi imposible. Le escribí para encontrarnos. Pasamos un buen rato, él, su amigo, yo, mi prima, sus amigos. Nos tiramos en el pasto a descansar y seguir tomando Fernet. Un tipo se quiso pasar de vivo conmigo y todos los hombres del grupo me protegieron. Pagamos dos pesos para ir al baño de una casa particular. Después el muchacho que me interesaba y al que yo le interesaba se fue,  y yo seguí con mi grupo. Entramos al hipódromo en medio de una abalancha, como corresponde. Uno de los amigos de mi prima me levantó en sus hombros al primer tema porque “si es tu primera vez, tenés que escuchar el primer tema arriba“. También me subió en sus hombros en JI JI JI y así fue como, por primera vez en mi vida, viví el pogo más grande del mundo desde la altura. Pero antes de eso, antes de que todo terminara, pasó lo que en realidad vengo a contar. 

Cuando terminó un tema (la verdad, no me acuerdo cuál era el tema, pero me gusta creer que fue Juguetes Perdidos), miré al cielo. Y entonces pasó ella. Atravesó el cielo una estrella fugaz. Y en ese instante, sin dudarlo ni un segundo, pedí un deseo. Después de pedirlo escuché que atrás mío un pibe decía “vieron la estrella fugaz?” y otro le decía “¿Qué estrella fugaz? vos estás demasiado drogado“. Lo defendí, le dije que yo no había fumado nada y que también la había visto. Pero a nadie le importaba realmente, porque el recital seguía, y nadie había ido hasta ahí a pedirle deseos a una estrella fugaz. Pero yo sí pedí mi deseo. 

“Quiero que mi vida sea para siempre como el día de hoy”

Eso le pedí. Ese deseo sencillo, que albergaba mucho. Que representaba el final de mi metamorfosis. Ese día, en ese momento, por fin lo vi; entendí el cambio que había venido sufriendo durante todo el año, y quise seguir adelante. Ser así, y mejor.

En realidad, le pedí a la estrella fugaz seguir siendo mariposa, porque había sido gusano toda la vida y por fin había salido del capullo.

Cuando me bajé de los hombros del amigo de mi prima, yo ya no era la misma. Todos los demás se iban con el sabor amargo de lo que se termina, y con ganas de que llegara el próximo show. Pero para mí, todo acababa de comenzar. Había pedido un deseo. 

Poco después, acepté lo que sentía y empecé a salir con el muchacho que me interesaba y al que yo le interesaba. Hoy, juntos, planeamos recorrer el mundo. No sólo sigo siendo amiga de sus amigos, sino que también tengo un compañero de aventuras.

compañeros-de-aventuras

Al final no hubo corazones rotos…

Después de ese día, empecé a ir a recitales siempre que podía. También al teatro, al cine. Me fui a vivir seis meses a Europa, con miedo, claro, pero sin dudarlo. Sin anteponerle la “responsabilidad” a mis sueños. Volví a ver al Indio en Gualeguaychú. Hice todo cuanto quise, incluso cosas que nunca en mi vida había pensado que era capaz de hacer. 

Por eso, mañana toca el Indio y no puedo dejar de ir. Dudé, no lo voy a negar. Porque la mariposa nunca deja de ser del todo el gusano del que salió, y “la plata”, “y el viaje”, “y la casa” “y la gata” me preocupaban y me hacían dudar. Pero cuando eso pasa, me acuerdo de mi estrella fugaz. Pienso en ella, y en el deseo que le pedí, y me acuerdo que no hay sueño que se cumpla sin un poco de ayuda nuestra. 

Mañana viajamos a Tandil a ver al Indio, y para mí es una cita obligada. Porque aunque no soy ricotera vieja, aunque soy casi un insulto a los ricoteros viejos, para mí este show también es como una misa.