Algo que, con el poco tiempo que llevo viajando me súper sorprende es la calidad de las relaciones que se crean en algunos minutos y que, quizá, no duren más que algunas horas.

En Nápoli tuvimos una buena muestra de ello. Por esas gozosas casualidades (¿casualidades?) de la vida, en el hostel coincidimos muchos hispano hablantes, entre ellos Guille (Argentina) y Dani (México). La primera noche nos invitaron a salir, pero como habíamos llegado muy cansados, pasamos. La segunda noche, los invitamos nosotros y dijeron que sí.

Nuestra amistad no tuvo nada de especial en realidad, excepto el hecho de que, por esa noche, fuimos mejores amigos. Juntos bebimos, tocamos el bombo, entendimos el mundo. Nos reímos, nos dimos en todo la razón (¿para qué discutir?). Encontramos, quizá, más puntos en común de los que había, nos deseamos mucha buena suerte mutua, y nos despedimos. Sin más. Intercambiamos facebook sabiendo que, probablemente, nunca nos demos más que un “Like”. Y, sin embargo, esa amistad (así quiero llamarla, porque así se sintió), quedará por siempre en mi memoria. ¿Cómo no sentirlos entrañablemente amigos?

Por suerte, cada vez se suman más ejemplos, pero quisiera contar sobre dos amigos que hicimos en el tren a Venecia.

Compartieron mesa con nosotros un muchacho y una chica. El, un parecido palpable a Kevin Johansen. Ella me recordaba al personaje femenino de “antes del amanecer” (y por cierto, encontrarla en un tren aumentaba la sensación). Se reían y parecían más jóvenes de que después sabríamos que eran.

La verdad, no sé cómo fue que empezamos a hablar, en inglés, pero ponto estábamos enfrascados en una conversación sobre Ménem, Cavallo, Madonna haciendo de Evita, los fondos buitres. Les contamos que íbamos a Venecia, y dijeron que nos iba a enamorar. Ellos nos contaron que venían de un reencuentro con sus compañeros de colegio después de 25 años, y nos sorprendimos.

Cuando se fueron (no llegaban a Venecia), nos desearon buen viaje, buena vida, buena juventud. Les dijimos que si iban a Argentina avisaran, aunque nunca cambiamos ningún medio de contacto. Los quisimos durante esa hora compartida en el tren, y posiblemente siempre los recordemos con cariño. ¿Extraño?

Escribe Caparrós (sí, él de nuevo. Recomiendo “larga distancia”): “En un viaje, en cualquier viaje, todo es gozosamente falso; ahí está, probablemente, gran parte de la felicidad y la inquietud del viaje: vivir, entre paréntesis, una ficción”.

Quizá, lo que hace este tipo de amistades tan reales es que no lo sean, es su condición de ficción, sólo que vivida en carne propia durante algún tiempo. Como los amores platónicos, las amistades viajeras son sencillamente perfectas, porque ¿Para qué buscarle las fallas? Si de todos modos es finito.

Pienso que, a veces, lo eterno dura muy poco.